En estas últimas semanas volví a cuestionarme muchas cosas.
La espiritualidad. Algunas creencias que tal vez me limitan. Mi manera de comunicarme. Mi lugar en la empresa. La forma en la que puedo aportar a la comunidad y generar un impacto cada vez más amplio.
También me pregunto cómo ser claro sin herir, cómo decir lo que siento sin exponerme de más y cómo cuidar a los demás sin dejar de ser auténtico.
Son preguntas que me importan. El problema aparece cuando las preguntas empiezan a ocupar el lugar de las decisiones.
Hace poco, algunos de los líderes de Primate me plantearon algo bastante claro: comparten mis valores, mis ideas y muchas de las propuestas que venimos construyendo, pero necesitan empezar a hacer.
Necesitan pasar de la teoría a la acción.
Incluso equivocarse, si es necesario.
No porque no valoren la reflexión, sino porque hay aprendizajes que no aparecen en una conversación, en un documento ni en una planificación. Solo aparecen cuando alguien toma una decisión, la ejecuta, observa el resultado y se hace responsable de corregir el rumbo.
Y creo que tenían razón.
A veces pensar parece una forma de avanzar, pero también puede ser una manera elegante de postergar. Seguimos analizando porque queremos encontrar la decisión correcta antes de actuar, cuando muchas veces la decisión correcta solo se vuelve evidente después de habernos equivocado.
Me pasa en la empresa, pero también en lo personal.
Quiero entender perfectamente cómo comunicarme antes de hablar. Quiero saber cuánto mostrar antes de exponerme. Quiero descubrir desde qué lugar puedo ayudar a más personas antes de empezar a hacerlo.
Pero tal vez algunas de esas respuestas no se piensan.
Se recorren.
Durante un tiempo, la adrenalina de la cotidianeidad no me dejaba cuestionarme demasiado. Ahora siento que volví al otro extremo: pensar cada vínculo, cada palabra y cada decisión.
No quiero vivir sin preguntarme nada.
Pero tampoco quiero pensar tanto que las preguntas se conviertan en una excusa para no vivir.
Tal vez el equilibrio no consista en elegir entre pensar o hacer. Consista en saber cuándo una situación necesita reflexión y cuándo ya necesita movimiento.
Pensar antes de actuar puede evitar muchos errores.
Pero pretender entenderlo todo antes de dar un paso puede evitar también muchos aprendizajes.
Quizás vivir sea eso: oscilar entre la conciencia y la experiencia.
Entre detenerse a pensar y animarse a avanzar.
Entre vivir sin pensar y pensar sin vivir.
Entre vivir sin pensar y pensar sin vivir