No necesito esconder lo que siento para protegerme
Hay una teoría bastante extendida sobre los vínculos amorosos: que demasiada disponibilidad desencanta, que mostrar demasiado interés resta atractivo, que conviene dejar espacio, medir los mensajes, no entregar tanto tan rápido.
Y puede que algo de eso sea cierto.
El problema es que, si para sostener el interés del otro tengo que parecer menos interesado de lo que estoy, entonces el vínculo empieza a construirse sobre una actuación. Una estrategia quizá efectiva, pero una estrategia al fin.
A mí, cuando alguien me importa, me sale demostrarlo. Me sale estar, abrirme, compartir, entusiasmarme. No porque no entienda los riesgos, ni porque crea que nadie puede lastimarme.
Claro que pueden lastimarme.
Lo que ya no creo es que puedan romperme.
Tal vez por eso hoy me permito querer con menos miedo. No necesito esconder lo que siento para protegerme. Confío en que, incluso si las cosas no salen como espero, voy a poder atravesarlo.
Eso no significa que mi entrega sea infinita ni incondicional. Tampoco que pueda sostener solo un vínculo entre dos.
Porque así como puedo enamorarme rápido, también puedo empezar a desenamorarme cuando siento que lo que doy no encuentra respuesta. No como castigo, ni como amenaza. Simplemente porque mi deseo también necesita reciprocidad.
No necesito que el otro sienta exactamente lo mismo, al mismo tiempo y de la misma manera. Pero sí necesito percibir que, aunque vayamos a velocidades distintas, estamos avanzando uno hacia el otro.
Quizá el desafío no sea aprender a mostrar menos.
Quizá sea aprender a mostrar lo que sentimos sin exigir que el otro lo devuelva de inmediato. Y, al mismo tiempo, tener la honestidad suficiente para reconocer cuándo estamos construyendo juntos y cuándo estamos solos, sosteniendo una ilusión.
Hoy prefiero correr el riesgo de mostrarme.
Porque protegerme fingiendo indiferencia puede evitar que me lastimen.
Pero también puede impedir que algo verdadero empiece.
No necesito esconder lo que siento