Hay una forma de discutir que me inquieta cada vez más: tomar un fenómeno complejo, reducirlo hasta convertirlo en una caricatura y después demostrar que la caricatura es absurda.
Una senadora afirma, dentro de una conversación sobre vulnerabilidad social, que el cambio climático afecta especialmente a las mujeres. La respuesta irónica es inmediata: “¿Cómo sería? ¿La nube ve que abajo hay una mujer, se pone encima de ella y llueve, mientras al hombre de al lado lo deja seco?”.
Es gracioso. También es una falacia.
Porque nadie está diciendo que el clima tenga conciencia de género.
El punto es exactamente el contrario: un mismo fenómeno físico puede producir consecuencias radicalmente diferentes dependiendo de quién lo atraviesa.
Una inundación no sabe cuánto dinero tenés en el banco. Pero quien vive en una vivienda precaria, en una zona inundable, sin ahorros, sin seguro y sin una red que pueda sostenerlo va a sufrir muchísimo más que quien puede irse a un hotel, reparar su casa o simplemente mudarse.
La lluvia es la misma. La vulnerabilidad no.
Y dentro de las poblaciones vulnerables pueden existir, además, desigualdades de género: diferencias de ingresos, responsabilidades de cuidado, acceso a recursos, autonomía económica o exposición a determinadas situaciones. Eso es lo que se discute. No si una nube sabe distinguir un hombre de una mujer.
Podemos incluso sacar de la discusión las palabras “cambio climático”, si están demasiado cargadas políticamente.
Hablemos simplemente del clima.
Sequías. Inundaciones. Olas de calor. Tormentas.
La pregunta sigue siendo exactamente la misma: ¿afectan por igual a todos?
Claramente no.
Lo interesante es cómo muchas discusiones políticas modernas sustituyen esa pregunta compleja por otra mucho más sencilla, casi infantil, porque la sencilla es muchísimo más fácil de derrotar.
Algo parecido sucede cuando se analiza el voto de las regiones más pobres.
Si una región pobre vota mayoritariamente a determinado partido, aparece rápidamente otra regla de tres:
pobreza significa poca educación;
poca educación significa ignorancia;
ignorancia explica determinado voto.
Parece lógico porque es lineal.
Pero que algo sea lineal no significa que sea verdadero.
La educación formal puede ampliar enormemente nuestras herramientas intelectuales. Pero educación formal, inteligencia, conocimiento, cultura y capacidad crítica no son la misma cosa.
Una persona puede tener un posgrado y comprender poquísimo de la realidad que queda fuera de su especialidad.
Otra puede no haber terminado el liceo y poseer una comprensión extraordinariamente sofisticada de su comunidad, de las relaciones humanas, del trabajo o de la política.
Y, sobre todo, las personas no votan únicamente como resultado de una prueba de conocimientos generales.
Votan desde su historia, sus intereses, sus experiencias, sus miedos, sus expectativas, su territorio y su percepción de quién los representa.
Puede discutirse si esa percepción es acertada.
Lo que resulta intelectualmente pobre es concluir que si alguien vota distinto que yo debe ser porque entiende menos.
Tal vez una de las grandes tentaciones de nuestra época sea precisamente esa: confundir simplicidad con claridad.
Hay explicaciones simples que iluminan.
Y hay explicaciones simples que solamente eliminan del problema todo aquello que las contradice.
Pensar de verdad exige algo bastante más incómodo: aceptar que dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Que el clima no discrimina y sus consecuencias sí pueden ser profundamente desiguales.
Que la educación importa muchísimo y un diploma no convierte automáticamente a nadie en una persona culta.
Que alguien puede equivocarse políticamente sin ser estúpido.
Y, todavía más difícil, que quizás alguna vez el equivocado sea uno.
Falacias