Skip to Content

¿2 vidas?

September 13, 2026 by
¿2 vidas?
Diego Garciacelay
| No comments yet

¿Quién nos convenció de que tenemos dos vidas?

Hace tiempo que estoy en un dilema que me cuesta explicar.

Por momentos me siento orgulloso de vivir bastante lejos de las noticias. Pipa tiene algo de isla en ese sentido. La vida pasa acá, delante de uno, y es relativamente fácil olvidarse por un rato de todo lo demás.

Y hay algo de eso que me hace bien.

Pero, al mismo tiempo, aparece otra voz que me pregunta si no estaré simplemente mirando para otro lado.

Oscilo entre pensar “no puedo cargar con el peso de todo lo que pasa en el mundo” y sentir “no puedo vivir de espaldas a la sociedad de la que formo parte”.

A veces tengo enormes ganas de involucrarme, participar, aportar en la comunidad en la que me toca vivir. Otras veces fantaseo con exactamente lo contrario: desaparecer un poco, estar solo, que nadie sepa demasiado de mí.

Y curiosamente admiro a las personas que consiguen cualquiera de las dos cosas.

Admiro al que se involucra profundamente y también al que parece haber aprendido a vivir apartado del ruido.

Supongo que porque yo todavía no sé muy bien dónde quiero estar.

Algo parecido me pasa con la ambición.

Durante mucho tiempo pensé que estar disconforme era uno de mis motores. Siempre querer algo más, pensar que las cosas pueden hacerse mejor, imaginar el próximo proyecto, el próximo lugar, la próxima versión de mí mismo.

Y probablemente muchas cosas buenas de mi vida hayan nacido de ahí.

Pero últimamente me pregunto si en algún momento dejé de ser ambicioso para convertirme simplemente en inconformista.

Porque hay una diferencia.

La ambición puede empujarte hacia algo.

La inconformidad, en cambio, puede impedirte disfrutar de cualquier lugar al que llegues.

También estoy revisando bastante mis vínculos.

Me cuesta insistir.

Me cuesta perseguir amistades que desaparecen, reclamar presencia o hacerme cargo permanentemente de sostener una relación. Una parte de mí piensa que los vínculos deberían darse naturalmente.

Pero después miro alrededor y siento que me estoy quedando bastante solo.

Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿eran débiles esos vínculos o también los dejé debilitarse?

Porque sería muy fácil escribir esto desde el lugar de quien reclama que los demás no están.

La realidad es que yo tampoco estoy siendo necesariamente el mejor amigo del mundo.

Últimamente incluso estoy cuestionando algo que durante años defendí mucho: separar el trabajo de la vida personal.

Siempre intenté hacerlo.

Como si existieran dos versiones de mí.

El Diego que trabaja, dirige una empresa, toma decisiones, discute, se preocupa por proyectos, cuentas, personas y responsabilidades.

Y después otro Diego que aparece cuando termina el horario laboral y supuestamente tiene que hablar de viajes, fútbol, relaciones, música o cualquier cosa que no tenga relación con aquello.

Pero hay un pequeño problema.

**Los dos somos la misma persona.**

Y hoy una parte enorme de las cosas que me preocupan pasan por mi empresa.

No porque no tenga vida fuera de ella, sino porque construí algo que depende en gran medida de mí, del que dependen otras personas y que ocupa una parte enorme de mis pensamientos, mis miedos y mis expectativas.

Entonces empecé a preguntarme algo bastante básico:

**¿quién nos convenció de que hablar de trabajo en nuestra vida personal está mal?**

Cuando alguien empieza a contar demasiado sobre su trabajo suele aparecer rápidamente el intento de cambiar de tema.

Como si hablar del trabajo fuera aburrido.

Como si uno estuviera llevando la oficina a la mesa.

Pero muchas veces esa persona no está hablando de trabajo.

Está hablando de miedo.

De frustración.

De orgullo.

De incertidumbre.

De una decisión que no sabe cómo tomar.

De una persona que lo decepcionó.

De sentirse responsable por otros.

De algo que salió bien después de meses de esfuerzo.

El trabajo es apenas el escenario donde están sucediendo esas emociones.

Y esto se vuelve todavía más evidente cuando uno tiene una empresa o un emprendimiento propio.

Es difícil explicar dónde termina el trabajo cuando las decisiones que tomaste a las diez de la mañana siguen dando vueltas en tu cabeza a las once de la noche.

Y quizás por intentar respetar tanto esa supuesta separación terminé generando una paradoja.

Muchas veces encuentro más contención emocional en personas que trabajan conmigo que en algunos de mis amigos.

No necesariamente porque me quieran más.

Sino porque conocen la historia.

Saben qué está pasando.

Entienden los personajes, los problemas y las consecuencias.

Mientras tanto, mis amigos muchas veces conocen solamente el titular.

Y eso se retroalimenta.

No les cuento porque no conocen el contexto.

No conocen el contexto porque nunca les cuento.

Y después me pregunto por qué no encuentro ahí una mirada externa sobre las cosas que más me preocupan.

Algo parecido siento últimamente con la terapia.

No porque crea que no sirva. Mi psicólogo me ayudó muchísimo.

Pero estoy descubriendo una limitación muy mía.

Tengo una enorme facilidad para racionalizar lo que me pasa.

Cuando consigo poner algo en palabras, entender por qué reaccioné de determinada manera, encontrar una explicación y ordenar conceptualmente el problema, una parte de mí siente que ya está solucionado.

Pero entender una emoción no necesariamente significa haberla sentido.

Y creo que ahí tengo bastante trabajo pendiente.

De hecho, hay algo que me gustaría conseguir alguna vez y que para muchas personas probablemente sea completamente normal: hacer algo simplemente porque lo sentí.

Tomar una decisión y no poder explicar perfectamente todos los pasos racionales que me llevaron hasta ella.

Que alguien me pregunte por qué hice algo y poder responder sinceramente:

“No sé. Sentí que quería hacerlo”.

Creo que me haría bien.

Porque quizás gran parte de este momento tenga que ver justamente con eso.

Con haber intentado durante demasiado tiempo ordenar todo en categorías.

Trabajo de un lado.

Vida personal del otro.

Razón de un lado.

Emoción del otro.

Compromiso social de un lado.

Necesidad de aislamiento del otro.

Ambición de un lado.

Conformidad del otro.

Amigos.

Compañeros.

Problemas importantes.

Problemas que supuestamente no deberían salir de determinada habitación.

Y quizás la vida simplemente no funcione así.

Quizás no tenga que elegir permanentemente uno de los dos extremos.

Quizás pueda querer involucrarme con el mundo y también necesitar desaparecer un rato.

Ser ambicioso y aprender a disfrutar lo que ya conseguí.

Querer a mis amigos y aceptar que algunos vínculos necesitan ser reconstruidos.

Pensar mucho y, aun así, permitirme hacer cosas que no entiendo del todo.

Trabajar muchísimo y aceptar que eso también forma parte de mi vida.

Porque al final no tengo una vida profesional y una vida personal.

Tengo una sola.

Y soy yo el que va pasando por todos esos lugares.

Tal vez el desafío no sea aprender a separarlos mejor.

Tal vez sea empezar a permitirme que se mezclen.

¿2 vidas?
Diego Garciacelay September 13, 2026
Share this post
Archive
Sign in to leave a comment