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Maldición de los talentosos, bendición de los mediocres

21 de enero de 2026 por
Maldición de los talentosos, bendición de los mediocres
Diego Garciacelay
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Tengo una teoría que me viene persiguiendo hace tiempo.

No nace de libros ni de papers, sino de observar personas —y observarme.

La llamo la maldición de los talentosos o la bendición de los mediocres.

El talento que llega demasiado pronto

Cuando una persona desde muy chica muestra facilidad para aprender, entender o hacer cosas, el entorno reacciona rápido.

Demasiado rápido.

Aparecen frases que parecen inofensivas:

“Vos podrías llegar lejos”.

“Con lo inteligente que sos…”

“Tenés un don, no lo desaproveches”.

El problema no es el elogio.

El problema es lo que queda implícito: no hay alternativa.

El talento temprano no viene solo. Viene con una carga silenciosa:

Si sos bueno, tenés que ser el mejor.

Y ahí se rompe algo importante.

Porque la persona todavía no eligió.

No sabe si eso le gusta, si lo quiere, si lo haría aunque no brillara.

Pero ya siente que fallar no es una opción.

Entonces aparecen comportamientos extraños:

  • Abandonar justo antes de destacar.
  • Procrastinar sin saber por qué.
  • Saltar de cosa en cosa.
  • Confundir libertad con huida.

No por incapacidad, sino por presión.

No por falta de talento, sino por exceso de expectativa.

El mediocre y el lujo de tardar

El llamado “mediocre” —en el sentido más literal y menos peyorativo— arranca distinto.

Nada le sale especialmente fácil. Fracasa más. Se equivoca. Se frustra.

Pero tiene algo que el talentoso precoz muchas veces no: tiempo.

Tiempo para probar sin aplausos.

Tiempo para aburrirse y volver.

Tiempo para preguntarse si algo le gusta de verdad.

Cuando finalmente empieza a mostrar condiciones, ya pasó la etapa clave: la de bancar sin reconocimiento.

Y eso cambia todo.

Porque cuando llega la presión, no destruye.

Ya hay deseo previo.

Ya hay elección.

Primero apareció el me gusta.

Después, el soy bueno.

El error de orden

No es una discusión entre talento y mediocridad.

Es un problema de orden de los factores.

Muchos talentosos viven este camino:

Facilidad → expectativa → presión → ¿me gusta?

Muchos mediocres recorren este otro:

Interés → insistencia → tolerancia al fracaso → desarrollo del talento

La pasión no nace del talento.

El talento solo sobrevive cuando hay pasión antes.

Adultos brillantes, vidas trabadas

Esto no se queda en la infancia.

De adultos lo vemos claro:

Personas brillantes que no sostienen proyectos.

Gente capaz que se sabotea cuando las cosas empiezan a funcionar.

Mentes rápidas atrapadas en una eterna búsqueda.

Mientras tanto, otros —menos brillantes, más normales— construyen carreras, empresas y vínculos sólidos.

No porque sean mejores.

Sino porque ya aceptaron algo clave: no hace falta ser excepcional para elegir algo y quedarse.

Tal vez el verdadero privilegio

La verdadera maldición no es ser talentoso.

Es crecer sin permiso para ser mediocre un rato.

Y la verdadera bendición del mediocre no es la falta de talento, sino haber tenido espacio para preguntarse:

¿Esto lo hago porque me sale… o porque lo elijo?

Tal vez el mayor acto de cuidado —en la educación, en la crianza, en el trabajo—

no sea empujar a los talentosos a brillar, sino darles permiso para no hacerlo todavía.

Porque sin ese permiso, el talento no libera.

Aprieta.

Y lo que aprieta, tarde o temprano, se rompe.

Maldición de los talentosos, bendición de los mediocres
Diego Garciacelay 21 de enero de 2026
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