Me pasó algo que no solo esperaba: lo fui a buscar.
Incorporé a dos personas a la empresa justamente porque sabía que trabajaban muy bien.
No “bien para el promedio”. Bien en serio.
Más ordenados que yo. Más consistentes. Más eficientes.
Con una claridad mental y una capacidad de ejecución que, desde el día uno, sabía que me superaban en muchos aspectos.
Los traje por eso.
Y aun así, cuando lo veo en acción, duele.
Y ahí aparecen dos emociones que conviven mal.
Por un lado, orgullo.
Orgullo genuino. Alegría. La tranquilidad de ver que la empresa funciona mejor, más prolija, más sólida. Verlos trabajar confirma que no me equivoqué al confiar, que sumar talento real no es un slogan sino una necesidad. La vara sube. El sistema mejora.
Pero al mismo tiempo aparece la otra cara: el ego herido.
Una incomodidad silenciosa, difícil de explicar sin sonar inseguro.
Una voz interna que pregunta, sin pedir permiso:
“¿Y entonces qué aportás vos?”
La comparación es inevitable.
Y el espejo no siempre devuelve una imagen amable.
Durante años uno se acostumbra a ser “el que resuelve”, “el que empuja”, “el que más sabe”. Y de pronto no.
De pronto hay personas que ejecutan mejor que vos. Que ordenan lo que vos hacías caótico. Que avanzan donde vos dudabas.
Y eso duele. No por ellos. Duele por uno.
La tentación es tapar esa incomodidad con discursos prolijos: liderazgo, delegar, equipo, cultura. Todo eso es cierto, pero no alcanza para anestesiar la herida. El ego no se calma con conceptos; se calma con honestidad.
La herida no viene de la sorpresa.
Viene de la coherencia.
Pedí exactamente esto… y ahora me toca estar a la altura.
Porque la pregunta real no es si ellos son mejores. En muchos planos, lo son.
La pregunta incómoda es otra:
¿Estoy dispuesto a dejar de ser el mejor ejecutando para poder ser el que crea el espacio donde otros brillan?
Tal vez crecer —personal y empresarialmente— no sea volverse imprescindible.
Tal vez sea aceptar que otros pueden hacer mejor lo que antes definía tu valor.
Y que tu aporte ya no esté en hacer, sino en habilitar.
En sostener una visión cuando no estás en el detalle.
En cuidar una cultura cuando ya no sos el ejemplo técnico.
En tomar decisiones que no se ven, pero pesan.
No es cómodo.
No es épico.
No da likes.
Pero empieza a parecerse bastante más a algo sano.
Porque si una empresa solo funciona cuando su fundador es el mejor de la sala, entonces no es una empresa: es una extensión de su ego.
Y eso, tarde o temprano, también se rompe.
Orgullo y ego: cuando alguien hace mejor tu trabajo