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¿Te conto uma coisa?

22 de agosto de 2026 por
¿Te conto uma coisa?
Diego Garciacelay
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ES — Este texto fue escrito originalmente en portugués. Si querés leerlo en su versión original, cambiá el idioma del sitio a portugués.

PT — Este texto foi escrito originalmente em português. Se quiser ler a versão original, mude o idioma do site para português.

Hoy me desperté con ganas de hablar portugués.

No sé exactamente por qué.

Tal vez porque vivo en Brasil. Tal vez porque algunas cosas suenan distintas cuando uno cambia de idioma. O tal vez simplemente porque hoy me desperté así.

Y, junto con las ganas de hablar portugués, me desperté con ganas de escribir en portugués.

Así que decidí hacerlo.

Voy a contar una historia.

Tal vez sea verdadera. Tal vez sea producto de la imaginación. Probablemente sea las dos cosas.

Quienes me conocen pueden encontrar algunas coincidencias y pensar:

“Esto pasó”.

Y tal vez haya pasado.

En otros momentos, esas mismas personas pueden pensar:

“No. Esto se lo inventó”.

Y quizás también tengan razón.

Porque algunas de las cosas que no ocurrieron podrían perfectamente haber ocurrido.

Y algunas de las cosas que realmente ocurrieron quizás no hayan sido exactamente como vos las estás imaginando.

Al final, toda historia tiene un poco de eso.

Está lo que pasó, lo que recordamos, lo que nos hubiera gustado que pasara y aquello que, después de un tiempo, ya no sabemos muy bien a cuál de esas categorías pertenece.

Así que no voy a explicar qué es verdad y qué no.

Solo voy a contar.

Y, para contar esta historia, tal vez sea mejor empezar por un detalle que parece pequeño, pero no lo es:

ella ya había reparado en él antes de que él reparara en ella.

Eso no significa que lo conociera.

Conocer es otra cosa.

Simplemente sabía quién era. Se habían cruzado alguna vez, lo había visto de lejos, había reparado en esa manera tranquila que tenía de estar en los lugares sin parecer necesitar que nadie lo mirara.

Él, en cambio, probablemente ni siquiera habría sabido decir quién era ella.

En aquel momento, él estaba en pareja.

Y era de esos que, cuando están en pareja, realmente están en pareja.

No estaba buscando nada. No dejaba puertas entreabiertas. No mantenía a nadie esperando por si algún día.

Quizás por eso ella había reparado en él y él no en ella.

Y, curiosamente, eso también le había gustado.

La historia podría haber terminado ahí.

En realidad, en ese momento ni siquiera era una historia.

Era solamente una chica que había reparado en un hombre.

Después, el tiempo hizo lo que suele hacer: cambió algunas cosas.

Cuando volvieron a encontrarse, él ya estaba soltero.

Coincidieron en una actividad.

Hablaron poco.

Lo suficiente.

Ella ya sabía que le parecía atractivo, pero descubrió algo que complicó bastante más las cosas: además era gracioso.

Hubiera sido mucho más fácil si simplemente fuera lindo.

O interesante.

O distinto.

Pero parecía tener varias de esas cosas al mismo tiempo.

Y eran distintos.

O, al menos, eso parecía.

A ella le gustaba la noche. La fiesta. La música. La gente. Esa sensación de que cualquier cosa podía pasar cuando todavía nadie tenía ganas de irse a dormir.

Él estaba en otro momento.

No necesariamente porque nunca le hubiera gustado todo eso, sino porque ahora parecía buscar otra cosa.

Se levantaba temprano. Le gustaba aprovechar el día. Elegía un poco más dónde poner su tiempo y su energía.

Visto desde afuera, quizás no tenían demasiado sentido.

Pero hay algo que siempre me resultó curioso de las relaciones: uno puede encontrar a alguien que, sobre el papel, tiene absolutamente todo lo que busca y no sentir nada.

Y también puede encontrarse con alguien que parece no cumplir ninguna de las condiciones y, sin saber muy bien por qué, tener ganas de volver a verlo.

El corazón tiene muy poco respeto por las listas de requisitos.

Empezaron a coincidir más.

Al principio, de verdad.

Después, no tanto.

Él comenzó a aparecer con más frecuencia en aquella actividad.

Se decía que ahora tenía más tiempo.

Que le hacía bien.

Que le gustaba ir.

Todo era cierto.

Solo que no era toda la verdad.

Un día se dio cuenta de que había un motivo bastante más simple:

quería verla.

Y ella empezó a descubrir algo parecido.

Ya no era solamente que le gustara encontrarlo.

Había empezado a esperar que estuviera.

Y entonces ocurrió una de esas casualidades que, si suceden demasiadas veces, empiezan a perder un poco el derecho a llamarse casualidad.

Un sábado se encontraron en un lugar en el que ninguno esperaba encontrar al otro.

Ella lo vio primero.

—No esperaba verte acá.

Él sonrió.

—Yo tampoco.

Era la segunda vez que él iba a ese evento.

Lo había conocido dos semanas antes. Le había gustado. El sábado siguiente había estado viajando y esta vez había decidido volver.

Sus amigos no quisieron acompañarlo.

Así que fue solo.

Ella había ido con unas amigas.

Pero en un momento ellas empezaron a hablar demasiado durante el show y ella se apartó un poco porque quería escuchar la música.

Después de explicárselo, él se rio.

—Estamos haciendo exactamente lo mismo.

—¿Qué cosa?

—Hablar y molestar durante el show.

Ella también se rio.

Así que se corrieron hacia un costado.

Y se quedaron callados.

Durante un rato no dijeron nada.

Y el silencio no fue incómodo.

Eso, para dos personas que todavía casi no se conocían, ya era bastante.

Cuando terminó el show empezaron a hablar.

Y ahí sí, no pararon más.

Hablaron hasta que el lugar empezó a vaciarse.

Después comenzaron a caminar.

No hubo una decisión explícita de caminar juntos.

Simplemente pasó.

En determinado momento ella señaló una calle.

—Yo vivo por acá.

Él se frenó.

La miró un segundo, como si estuviera pensando si decir algo o dejar que aquella noche terminara ahí.

—No tengo tu número.

Ella sonrió.

—No.

—¿Me lo das?

—¿Para qué?

Él se rio.

—Porque la pasé bien. Y quizás estaría bueno volver a vernos alguna vez sin depender tanto de las casualidades.

Ella le dio su número.

Aquella noche no pasó nada.

No hubo beso.

No hubo una escena perfecta.

No hubo música apareciendo mágicamente en el momento indicado.

Se despidieron y cada uno siguió su camino.

Y quizás fue justamente por eso que algo empezó.

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Diego Garciacelay 22 de agosto de 2026
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