Hay frases que uno repite porque suenan bien y otras que terminan funcionando como una herramienta.
“Si fuese fácil, sería aburrido” empezó siendo una forma de mirar los desafíos. Con el tiempo se convirtió en algo más parecido a un mantra. No porque crea que todo tenga que ser difícil ni porque disfrute sufrir, sino porque me ayuda a quitarles peso a los problemas cuando aparecen.
Frente a una dificultad, lo primero que suele surgir es la queja. ¿Por qué esto tiene que ser tan complicado? ¿Por qué no puede salir bien de una vez? ¿Por qué siempre aparece algo nuevo que resolver?
La frase no responde esas preguntas. Tampoco resuelve el problema. Pero cambia el lugar desde el que lo enfrento.
Me recuerda que, en alguna medida, elegí esta vida. Elegí emprender, intentar, exponerme, construir cosas, equivocarme y volver a empezar. Elegí no quedarme demasiado tiempo en lugares cómodos. Y aunque no haya elegido cada problema concreto, sí elegí un camino en el que los problemas eran inevitables.
Pensarlo de esa forma devuelve algo de control.
La dificultad deja de ser únicamente algo que me sucede y empieza a sentirse como parte de lo que decidí vivir. No soy solo alguien atrapado en un inconveniente. También soy quien tomó decisiones que lo trajeron hasta ahí.
Decirme “si fuese fácil, sería aburrido” no significa negar el cansancio. Hay días en los que uno no quiere aprender nada, crecer ni superar obstáculos. Hay días en los que simplemente quisiera que las cosas salieran bien y punto. El desarrollo personal es precioso hasta que se presenta disfrazado de problema un lunes de mañana.
Pero incluso en esos momentos la frase sirve.
Sirve para bajar el dramatismo. Para recordar que una dificultad no necesariamente es una tragedia. Para transformar el “no puedo creer que esté pasando esto” en un “bien, esto también es parte del juego”.
Tal vez por eso quiero tatuármela.
No como una descripción permanente de quién soy, sino como un mensaje dirigido a la versión de mí que aparece cuando todo se complica. La que se agobia, se enoja o siente que el problema pesa más de lo que realmente pesa.
El tatuaje no estaría ahí para celebrar las dificultades. Estaría para recordar que puedo enfrentarlas.
También existe un riesgo en esta filosofía: confundir lo difícil con lo valioso. No todo lo complicado merece ser sostenido. No todo obstáculo es una prueba que debemos superar. Algunas veces insistir es valentía y otras veces es apenas incapacidad de soltar.
La frase no debería obligarme a permanecer en lugares que me hacen mal ni a inventar problemas para sentir que estoy vivo.
No quiero una vida innecesariamente difícil. Quiero una vida elegida.
Una vida en la que los desafíos sean la consecuencia de haber intentado algo, no una forma de castigarme. En la que el esfuerzo tenga un sentido. En la que pueda distinguir entre una dificultad que vale la pena atravesar y otra que simplemente debo abandonar.
“Si fuese fácil, sería aburrido” no es una defensa del sufrimiento.
Es una manera de mirar de frente aquello que ya está sucediendo y decir: esto es difícil, pero no es más grande que yo. Esto también forma parte de lo que elegí. Y si realmente vale la pena, entonces habrá que atravesarlo.
Después de todo, no elegí lo fácil.
Elegí sentir que estaba viviendo.
Si fuese Fácil sería Aburrido