Últimamente estoy viendo muchas vidas de cerca.
Una persona que construye su empresa y descubre que también puede ser perjudicada por quienes trabajan con ella.
Otra que se levanta todos los días a vender algo que ama y, aun así, se pregunta si no debería abandonar y empezar otra cosa.
Alguien que literalmente pone el cuerpo durante horas trabajando y termina cada mes sin saber con certeza cuánto podrá ganar el siguiente.
Un empresario con varias familias dependiendo, en parte, de que su empresa funcione, que hace unos meses la pasó realmente mal.
Y podría sumar mi propia experiencia.
Entonces escucho eso de que “el que se esfuerza llega” y algo no me cierra.
Claro que el esfuerzo importa.
Claro que sacrificarse hoy puede permitirnos vivir mejor mañana.
Pero el esfuerzo no garantiza el resultado.
Podés trabajar muchísimo y equivocarte.
Podés hacer casi todo bien y que algo salga mal.
Podés asumir riesgos y perder.
Y también podés tener oportunidades que otros, esforzándose exactamente igual, nunca tuvieron.
Por eso me preocupa cuando alguien utiliza su propia historia de éxito para explicar cómo deberían vivir los demás.
Pero me preocupa igualmente el discurso contrario.
Ese donde al empresario que logra vivir bien automáticamente se lo mira como alguien que explotó a otros para llegar.
Ni héroes ni villanos.
Hay empresarios excelentes y empresarios miserables.
Hay empleados extraordinarios y empleados que perjudican empresas.
Hay gente que se esfuerza y llega.
Y gente que se esfuerza muchísimo y no.
Tal vez deberíamos dejar de juzgar tanto el camino de los demás.
Porque antes de decirle a alguien qué tiene que hacer para llegar, habría que responder una pregunta bastante más difícil:
¿Llegar a dónde?
¿Llegar a donde?