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Volver a ser principiantes

24 de junio de 2026 por
Volver a ser principiantes
Diego Garciacelay
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Cuando crecer significa volver a ser principiante

Hay una idea sobre el crecimiento que me estuvo rondando la cabeza mientras corría.

Cuando un emprendedor empieza un negocio, normalmente lo hace desde un lugar que conoce. No empieza siendo empresario. Empieza siendo bueno en algo.

Un programador crea una empresa de software.

Un cocinero abre un restaurante.

Un contador abre un estudio.

Un entrenador empieza a dar clases.

El emprendimiento nace de una habilidad.

Al principio, todo gira alrededor de eso. El producto, el servicio, la propuesta de valor, la forma de ayudar a los clientes. Existe una conexión directa entre aquello que sabemos hacer y aquello que ofrecemos al mundo.

Después el negocio crece.

Y comienza una transformación silenciosa.

Aquella idea inicial se convierte en un plan.

El plan se convierte en procesos.

Los procesos se convierten en tareas.

Las tareas se convierten en personas.

Las personas se convierten en equipos.

Poco a poco, el emprendedor empieza a tomar distancia de la ejecución.

Primero delega algunas tareas.

Después delega operaciones completas.

Más adelante delega decisiones.

Hasta que llega un momento en que su trabajo ya no consiste en hacer. Consiste en construir el sistema que permite que otros hagan.

Y ahí aparece una incomodidad de la que se habla poco.

Porque el problema no es solamente alejarse de aquello que nos motivó.

El problema es alejarnos de aquello en lo que éramos buenos.

Durante años recibimos reconocimiento por nuestras capacidades.

Los clientes nos elegían por eso.

La gente nos valoraba por eso.

Ganábamos dinero gracias a eso.

Era un territorio conocido.

Pero el crecimiento nos obliga a ocupar lugares nuevos.

Liderar personas.

Diseñar estructuras.

Tomar decisiones estratégicas.

Construir cultura.

Gestionar conflictos.

Pensar en el largo plazo.

Y en muchas de esas cosas somos principiantes.

Paradójicamente, el éxito empieza a exigirnos abandonar aquello que nos hizo exitosos.

Creo que por eso tantos emprendedores vuelven una y otra vez a la operación.

No siempre porque sea lo mejor para el negocio.

Muchas veces porque es el lugar donde todavía se sienten competentes.

Es más cómodo resolver un problema técnico que enfrentar una conversación difícil con un colaborador.

Es más cómodo atender un cliente que diseñar una estrategia comercial.

Es más cómodo hacer que construir.

Porque hacer nos da certezas.

Construir nos obliga a convivir con dudas.

Con frecuencia creemos que estamos defendiendo la calidad de nuestro trabajo.

Pero tal vez estamos defendiendo nuestra zona de competencia.

No estamos protegiendo el negocio.

Nos estamos protegiendo a nosotros mismos.

Y eso no ocurre solo en los emprendimientos.

Sucede en el deporte cuando un atleta debe reinventar sus objetivos.

Sucede en la vida profesional cuando una persona pasa de ejecutar a liderar.

Sucede en las relaciones cuando debemos abandonar formas de vincularnos que conocemos para construir otras nuevas.

Crecer suele implicar una renuncia.

La renuncia a la comodidad de ser expertos.

Quizás por eso el verdadero crecimiento no ocurre cuando dominamos algo.

Ocurre cuando aceptamos volver a sentirnos principiantes.

Porque cada nueva etapa de nuestra vida nos pide exactamente eso.

Soltar una identidad que ya conocemos para convertirnos en alguien que todavía no sabemos ser.

Y tal vez una buena pregunta para hacernos sea:

¿Cuántas cosas estoy postergando porque realmente no son para mí, y cuántas estoy postergando simplemente porque me obligan a volver a ser principiante?

Volver a ser principiantes
Diego Garciacelay 24 de junio de 2026
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