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Mezclas

21 de octubre de 2026 por
Mezclas
Diego Garciacelay
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Hay cosas que solo tienen sentido cuando se mezclan

—Eso no se mezcla.

Lo dijo casi por reflejo, mientras observaba cómo ella acercaba dos botellas que, según su criterio, no tenían absolutamente nada que hacer juntas.

—¿Y quién dijo que no? —preguntó ella.

—No sé. El sentido común, supongo.

Ella sonrió y siguió preparando el trago.

Él era un tipo bastante particular. No tomaba alcohol, pero tenía opiniones muy firmes sobre cómo debían prepararse las bebidas. En realidad, tenía opiniones bastante firmes sobre cómo debían organizarse casi todas las cosas.

Le gustaba que cada ingrediente tuviera su lugar. Cada bebida, su vaso. Cada momento, su propósito.

No era un hombre que le tuviera miedo al riesgo. Todo lo contrario.

Había dedicado buena parte de su vida a emprender, a apostar por ideas improbables y a tomar decisiones que otros consideraban demasiado arriesgadas.

Siempre había creído que era mejor arrepentirse de algo que hizo que pasarse la vida preguntándose qué habría sucedido si se hubiera animado.

Pero había algo que lo inquietaba especialmente: las mezclas.

No las de las bebidas, claro.

Las otras.

Las que ocurren cuando el trabajo invade lo personal, cuando los afectos se cruzan con las responsabilidades, cuando los proyectos empiezan a compartir espacio con las emociones.

Durante años había intentado organizar su vida como una colección de vasos perfectamente alineados.

Uno para el trabajo. Otro para los amigos. Otro para la familia. Uno para el deporte. Y, por supuesto, uno para el amor.

El problema era que la vida parecía tener una pésima costumbre de salpicar.

Y él se había acostumbrado a limpiar cada derrame antes de que los líquidos se mezclaran.

—Probá —dijo ella, interrumpiendo sus pensamientos.

Miró el vaso.

—¿Qué le pusiste?

Ella comenzó a enumerar los ingredientes.

—Pero eso no combina.

—¿Cómo sabés?

Se quedó pensando.

En realidad, no lo sabía.

Conocía los ingredientes por separado, podía anticipar algunos riesgos e imaginar ciertas consecuencias. Pero jamás había probado esa combinación.

Y lo más curioso era que estaba haciendo exactamente lo contrario de lo que siempre había defendido.

Él, que se consideraba optimista por naturaleza. Que veía oportunidades donde otros encontraban problemas. Que había construido su vida sobre la convicción de que valía la pena intentar cosas nuevas.

Estaba descartando una posibilidad simplemente porque no encajaba en la organización que había imaginado.

—Bueno, dale —respondió finalmente—. Pero agregale un poco de aquello también.

Ella lo miró sorprendida.

—¿No era que no se mezclaba?

—Puede ser. Pero ya que vamos a probar, probemos bien.

Y entonces sucedió algo interesante.

Dejó de preocuparse por controlar lo que ella estaba preparando y empezó a disfrutar de participar en la creación.

El resultado fue extraordinario.

No porque cada ingrediente fuera especial por separado, sino porque juntos habían logrado algo que ninguno de los dos habría podido imaginar.

Y mientras disfrutaba aquel trago, entendió algo.

Tal vez el problema nunca había sido mezclar. Tal vez había sido su necesidad de mantener todo separado.

La vida no funciona como una estantería de vasos independientes.

El trabajo se mezcla con las emociones. La familia con los proyectos. El amor con las responsabilidades. Los sueños con los miedos.

Y aunque nos esforcemos por establecer límites, terminamos descubriendo que somos una sola persona, viviendo una sola vida.

Eso no significa que cualquier mezcla sea buena.

Hay combinaciones que pueden hacernos daño, ingredientes que necesitan medidas cuidadosas y tragos que probablemente no deberíamos repetir.

Pero también hay experiencias maravillosas que nunca vamos a conocer si decidimos de antemano que ciertos ingredientes son incompatibles.

Quizás se trate de encontrar el equilibrio entre la prudencia y la curiosidad.

Entre reconocer los riesgos y no permitir que el miedo nos robe las oportunidades.

Después de todo, ser optimista no significa creer que nada puede salir mal.

Significa saber que puede salir mal y, aun así, ser capaz de imaginar todo lo que puede salir bien.

Él seguía sin tomar alcohol.

Seguía siendo estructurado, seguía teniendo sus preocupaciones y seguía sabiendo que algunas mezclas podían terminar en una resaca importante.

Pero aquella noche había descubierto algo que no estaba dispuesto a ignorar.

Había tragos cuyo sabor justificaba animarse a probarlos.

Y este, particularmente, le estaba gustando demasiado como para dejar de beberlo por miedo a lo que pudiera pasar mañana.

Mezclas
Diego Garciacelay 21 de octubre de 2026
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