Se conocieron cuando no podían.
Ella estaba en otra historia. Él lo entendió rápido.
Pero desde el principio hubo algo: una tensión distinta, una forma de mirarse un segundo más de lo necesario, conversaciones que empezaban por cualquier cosa y terminaban hablando de la vida.
Él fue el primero en mover una ficha.
No demasiado. Lo suficiente para dejar claro que, si las circunstancias fueran otras, probablemente intentaría algo.
Ella no quiso.
O no pudo.
Y él respetó eso.
Con el tiempo se volvieron importantes el uno para el otro.
Ella admiraba su manera de mirar el mundo. Esa costumbre de cuestionar lo que parecía obvio, de pensar los problemas desde lugares distintos, de imaginar empresas donde las personas importaran tanto como los números.
A veces lo escuchaba hablar de proyectos, de ideas imposibles, de cómo las cosas podían hacerse de otra manera, y le decía que le gustaba su cabeza.
Él hacía algún chiste para sacarle importancia.
Pero se acordaba.
Después ella quedó sola.
Por un momento él creyó que finalmente algo iba a pasar.
No pasó.
La amistad ya había crecido demasiado.
Había cariño, confianza y una tensión que ninguno conseguía eliminar del todo.
Él alguna vez volvió a insinuarse.
Ella volvió a elegir no cruzar esa línea.
Hasta que fue él quien empezó otra historia.
Entonces algo cambió.
No entre ellos.
En ella.
Una noche, hablando como tantas otras veces, admitió que tal vez se había equivocado.
Que quizás había sido demasiado cuidadosa.
Que se había privado de algo por miedo a perder otra cosa.
Él la escuchó sin decir demasiado.
Ya era tarde.
O eso parecía.
Pasaron los años.
Hubo otras personas, otros lugares, otros comienzos.
Pero siguieron estando.
Nunca se besaron.
Y eso, considerando todo lo demás, terminó siendo casi una rareza estadística.
Mucho tiempo después volvieron caminando juntos después de cenar.
Hablaron de trabajos, amigos, decisiones buenas y malas.
Hasta que llegaron a la esquina donde debían separarse.
Se abrazaron.
Uno de esos abrazos que siempre duraban apenas más de lo razonable.
Ella dio unos pasos y se detuvo.
—¿Vos alguna vez pensaste qué habría pasado?
Él supo exactamente de qué hablaba.
Sonrió.
—No.
Ella pareció sorprendida.
Él esperó un segundo.
—Pienso qué pasaría.
Lo que no fue