Ella estaba sola. O tal vez no exactamente sola, pero sí sin nadie ocupando ese lugar romántico de compañía constante. Él también estaba solo, sin pareja.
Se encontraron —o la vida los encontró— entre la playa, el calor, los temas en común y esa costumbre de cuestionarlo todo. Compartían el inconformismo de quienes se saben dueños de su propia realidad y se resisten a aceptar aquello que la costumbre presenta como inevitable. También compartían una lucha más difícil: evitar que esa inconformidad los condenara a sentirse permanentemente incompletos.
Se reconocieron el uno en el otro. Se sintieron comprendidos, y eso les produjo tranquilidad y miedo. Es hermoso saberse entendido, descubrir que alguien habita el mismo conflicto entre la utopía y el realismo: no conformarse con menos que el ideal, pero tampoco pasarse la vida peleando contra molinos de viento.
Pasó el tiempo. La tensión era evidente y el cariño se convirtió en amor. En uno de esos amores puros, de los buenos, de los que precisamente por ser importantes nadie quiere arriesgar.
Pero ¿existe el romance sin peligro?
Ella no estaba dispuesta a correr ese riesgo. Pensaba que el amor estaba sobrevalorado y que era mejor no arriesgar demasiado. Él no compartía esa idea. Para él, el amor justificaba cualquier riesgo; no existía daño posible que volviera inútil haber amado.
Y en eso estaban.
Pasaban las semanas, pero el tiempo no cambiaba lo que eran. Conocían otras personas, incluso encontraban cuerpos capaces de confundirse por un rato con el amor. Sin embargo, aquello permanecía: la adrenalina de haberse sentido reflejados en alguien.
Ella miraba el celular esperando un mensaje que, al mismo tiempo, no quería recibir. Sentía que nadie comprendía su conflicto como él. Él nunca se había sentido tan nervioso con nadie. Tenía miedo de ser él mismo y, paradójicamente, ese miedo lo hacía sentirse más él que nunca.
Ambos sabían que estaban esperando que algo sucediera. O que finalmente decantara.
Pasaron los meses. Una noche coincidieron casi por casualidad. Habían hablado mil veces durante ese tiempo y se habían visto otras tantas, pero aquella mirada fue distinta. Se acercaron y se saludaron como siempre, aunque nada era como siempre. Después cada uno siguió con su rutina.
Al rato volvieron a cruzarse. Una mirada cómplice pareció decir:
—Sé que vos también lo sentiste.
Sonó música y la gente comenzó a bailar. Él se acercó y la invitó. Se miraron, hablaron al oído y rieron como ríen dos amigos que se conocen lo suficiente como para saber exactamente cómo hacer reír al otro.
Hasta que la risa se convirtió en sonrisa.
Y la sonrisa dio paso a esa mirada que resulta letal cuando es recíproca.
Ella lo besó.
Fue un beso lleno de lujuria, pero escondía mucho más que deseo. Había pasión, miedo, meses de espera y todo aquello que nunca se habían animado a nombrar. Se besaron delante de todos —justamente lo que ella nunca había querido—, pero en ese momento nada importaba.
—Vamos —dijeron casi al mismo tiempo, con dos bocas y cuatro ojos.
Se fueron. La lujuria apenas se interrumpió para calmar el hambre con un desayuno. Después regresaron los besos, el amor y el sexo sin freno. Parecía el comienzo de algo que los trascendía.
Al día siguiente compartieron el día. Cuando llegó el momento de separarse, ella volvió a su casa. Poco después llegó el mensaje del miedo:
No quiero ir demasiado rápido. No llamemos a esto de una forma para la que todavía no estoy pronta. No nos apuremos.
Pero él sabía que no había apuro. El resto de la vida era largo y no había ninguna necesidad de correr.
Los días volvieron a pasar con naturalidad, cariño y un amor sin posesión. Ella seguía desorientada.
¿Era posible amar de esa manera?
Su individualidad no era negociable. Él no solo lo comprendía: también la admiraba por eso. Era, precisamente, una de las razones por las que la elegía.
El resto de la vida no llegó de golpe. Llegó de a un día por vez.
Se amaron en los días luminosos y también en aquellos en los que no fueron su mejor versión. Siguieron recordándose que había que encontrar un equilibrio entre no conformarse y no obsesionarse con lo imposible. Aprendieron a ser cable a tierra sin convertirse en ancla.
No dejaron de pertenecerse a sí mismos.
Simplemente eligieron caminar juntos.
Se amaron cada día, se cuidaron y se respetaron. No porque el amor hubiera dejado de ser peligroso, sino porque comprendieron que había riesgos mucho más tristes que amar.
El riesgo de reconocerse